No estaba muy contento por volver a Buenos Aires después de tres semanas de vacaciones en Misiones. No me había relajado del todo en esas tres semanas pero tampoco necesitaba muchas más, supongo que dos más hubieran sido suficientes. Pero ahí estaba esperando el colectivo que me llevaría de regreso al estudio. En teoría iba a hacer algo que me gustaba pero no tenía muchas ganas, tal vez por la presión de aprobar para sentir que no desperdicié del todo mis vacaciones y recibir la aprobación de mis padres. Y es que con 21 años todavía se sigue dependiendo de ellos o tal ves la costumbre de haber dependido tanto tiempo hace que siga necesitando su aprobación. Y eran las 17.15 hs y estaba en la rotonda de Puerto Esperanza con un sol que rajaba la tierra de la selva y el colectivo se divisaba a unos mil metros. Momento de despedirse de los padres quien sabe hasta cuando. Con suerte vendría a fines de febrero pero el pasaje estaba caro. La inflación había hecho lo suyo aumentando diez pesos en tres semanas y eso hacía que ciento noventa y tres pesos me resultaran una estafa para un viaje de 16 hs. Me despedí y me sentí especial cuando subí. Sentía que era “exclusivo”. Como que solo gente especial viajaba conmigo justamente por el precio que había costado el pasaje.
No había mucho lugar así que había sacado una butaca compartida cerca del televisor por si daban alguna película que me interesara. Caminé hacia el fondo y advertí que al lado mío había una chica que no tendría más de diecisiete años. Me asomé por la ventana para el saludo final a mis padres, coloqué algunas cosas que llevaba conmigo en la parte del techo dedicada para eso pero después pensé que si necesitaba algo iba a molestar a la chica así que decidí colocar mis cosas bajo el apoya piernas y me senté. Miré por la ventana un rato como curioso de cómo se veían las cosas a casi tres metros de altura hasta que me acostumbré y me aburrí. Efectivamente una película ya había empezado pero no era de mi interés así que me puse los auriculares del celular y me puse a escuchar música. Mientras tanto fui mirando de a poco a mi acompañante sin que esta se diera cuenta. Me pareció linda, no era una modelo pero eso me gustaba. Era medio gordita, morocha, me gustaba su peinado con flequillo y era baja de estatura. Su rostro transmitía tranquilidad, felicidad, no se, paz, me sentía seguro de que era una buena chica.
Al rato vino el auxiliar de abordo quien nos ofreció café y masas finas. Tuve que sacarme los auriculares para poder entender que me ofrecía. Aceptamos, ella y yo. Me di cuenta que no miraba la película ni tenía auriculares para escuchar música así que decidí hablarle.
- Emm… Hola, ¿cómo te llamás?
- Cecilia, ¿y vos?
- Daniel. ¿Sabías que todas las Cecilias son lindas?
- Ah, gracias.
Lo tomó como un chiste pero para mi era muy cierto. Seguimos hablando un rato más. En efecto tenía 16 años y estaba viajando sola a ver a su amiga, según me dijo. Le gustaba la música de artistas nacionales cosa que a mi no pero coincidimos en grupos de habla inglesa. Así pasó el tiempo y tomamos confianza. Al rato tuve sueño y le dije que iba a dormir un rato y ella contestó rápido que no lo hiciera. Me sorprendí y le pregunté por qué y me dijo que la estaba pasando bien y quería seguir hablando. Tocamos el tema amoroso. Yo nunca había estado en pareja y no le mentí. Ella me contestó lo mismo. “Igual siempre hay alguien con quien estar”, dije como queriendo poner en su boca esas palabras. Me dijo que había alguien que le gustaba pero no era nada serio, no le gustaban los compromisos. Una chica difícil de domar. Yo le contesté lo mismo como para estar a su altura aunque a mis 19 años nunca había estado con nadie, más bien habían estado conmigo. De hecho nunca había besado a nadie, me habían besado un par de veces pero chicas que no me gustaban. Siempre me fue mal con las que amé.
Nos pasamos los números de celular y los correos electrónicos para que cuando terminara el viaje siguiésemos en contacto. Le pedí el teléfono de la casa porque quería que la relación fuera más seria. El celular y el email se lo dan a cualquier persona pero el teléfono de la casa es diferente. A demás de la posibilidad de cruzarme con sus padres para que me conocieran y vieran que era un buen chico para su hija. Dudó muchísimo en dármelo, discutimos un rato sobre el tema hasta que me lo dio pero me pidió que la avisara cuando la iba a llamar. Acepté su condición y le di el de mi departamento también. Hablamos sobre cosas que nos gustaban a los dos: películas, libros, salidas, comidas, de todo un poco. Ella se reía y yo también. Cada vez me parecía más hermosa y parecía que yo a ella también le gustaba. Decía algo y ella hacía un chiste al respecto y cuando volvía a hablar completaba mis frases con humor inteligente y elocuente. Era especial. Estaba claro que nos hacíamos falta el uno al otro por como nos entendíamos, divertíamos, los temas que hablábamos y de la forma en que lo hacíamos como si nos conociésemos desde chiquitos. O por lo menos juntos la pasábamos mejor. Le insistí en que tenía ganas de descansar un rato y por fin me dejó.
Cuando me desperté estaba cayendo el sol y ella estaba dormida. La abracé y se despertó. Le dije cosas románticas, lindas y ella sonreía y me abrazaba también. Era, para mi, la auténtica reina del Nilo. Inventé una historia que ella me iba ayudando a completarla y así escribimos un cuento al aire. Íbamos andando en un poni primeramente y luego en un caballito de mar llamado Poly y veíamos frutas de todos colores como naranjas azules. Cosas raras e imposibles pero sueños nuestros de hacer el mundo loco y raro al menos un día, al menos un rato.
Cuando cayó la noche seguíamos abrazados y le daba besos de a ratos en el cachete o en la frente. Tomé su mano y extendí su dedo índice, elegí un par de estrellas formando un corazón y ella se rió y me dio un beso también en la cara. Apareció de nuevo el auxiliar de abordo para traernos la cena. Seguimos conversando de cosas en general. Cuando trajeron las copas de champagne brindamos y la besé. Dudé mucho en hacerlo pero ya habíamos tocado el tema antes y habíamos quedado en que los besos debían ser robados. Ella se sorprendió. Quise besarla de nuevo pero las luces estaban encendidas y todos nos veían así que me corrió la cara y me dio esa explicación.
Cuando apagaron las luces la bese de nuevo en el cuello, en la nuca y la abrazaba fuerte. La necesitaba. Me gustaba y no estaba dispuesto a dar un paso al costado. Ella no me rechazaba aunque tampoco decía nada. Traté de relajar el momento inventando una historia romántica y acariciándole la cintura y la panza con amor y tranquilidad. Me sentía contenido y esperaba que ella sintiera esta seguridad que yo sentía al estar con ella pero no hacía nada. Al rato se separó y me explicó que andaba con esa otra persona. No quise escucharla. Le dije que eso no era nada serio y a ella no le gustaban los compromisos, según me había dicho. Aceptó pero igual dijo que no debía estar con otra persona. Nunca dijo que no me amaba y que la dejara tranquila aunque tampoco dijo lo contrario. Pero yo amaba a esa persona que había conocido hacía ya 14 hs y estaba dispuesto a no perderla sin luchar. Como vio que me quedé mal, me abrazó y puso mi mano en su cintura y así dormimos. Sin decir ninguna palabra pero juntos. Mezcla de ansiedad, angustia, amor y paz.
Cuando nos despertó el auxiliar de abordo para darnos el desayuno eran las 7.30 hs. Ella me estaba dando la espalda pero tenía mi mano entrelazada con la suya. La deserté con un beso, le dije buen día y que estaba linda. Quise caerle bien haciendo un chiste de que era muy temprano para nosotros y que muy pocos la habrían visto así. Sonrió pero estaba muy dormida. Despeinada sobre todo. Desayunamos y nadie dijo nada. Ella se preparaba arreglándose y yo la miraba mientras de a ratos miraba por la ventana el comienzo de la ciudad y nuestra separación.
Cuando llegamos a destino nos miramos pero no dijimos nada. Yo le acaricie el pelo y la miré profundamente a los ojos pero nada más. Quise mostrarle que mi amor era sincero, que estaba sufriendo y me había ilusionado mucho con ella, que haría lo que fuere para estar con ella y que esto resultara, que la necesitaba y cualquier cosa que haya hecho mal la cambiaría. Dijo que quería ser mi amiga nada más y que nunca quiso ilusionarme. Bajamos del colectivo y fuimos a buscar nuestros bolsos de la bodega. Agarré el mío y ella su valija. Ella avanzó primero y se encontró con un chico que aparentaba como tres años más que yo y yo ya le llevaba otros tres a ella. Lo abrazó y por encima del hombro de este chico me miró y yo la miré casi llorando. Me dolía el pecho. Le dijo al chico que esperara un momento, que tenía que hablar conmigo. Yo ya la sentí perdida y le pregunté si era su novio. Contestó que si. Me dio bronca como esa persona le había cambiado la vida y yo no. Ojala pudiera sentir lo mismo por mí, pensé. Ella sufría si él no estaba o no la llamaba. Me dijo que todo lo que yo sentía por ella lo sentía por esa persona que estaba ahí parada. Agregó que me quería mucho y quería que la llamara a su casa y le mandara mensajes. Respondí: “ Ceci, yo… Ceci, yo…” Y mientras trataba de decirle que la amaba, miré al chico y de nuevo a ella y finalmente le dije que la iba a extrañar como nunca extrañé a nadie, la abrase fuerte y nos separamos para siempre.
Esas simples 17 hs de estar con ella se convirtieron en largos meses de angustia. La extrañé y la amé por siempre. El amor que sentí por ella nunca cambió y nunca quisimos las mismas cosas. Siempre quise que fuera feliz y estando con el otro chico lo era. Fue muy duro llorar y dejar ir a un amor tan grande pero es que cuando uno está enamorado lo que más quiere es hacer feliz a su pareja y alejándome era la mejor forma de hacerla feliz que tenía. Algunos vivimos una vida tan diferente a la que desearíamos y estamos tan distantes de personas con las que queremos enfrentar todos los problemas, emociones y cosas que trae cada etapa de la vida. Creo en el destino y creo que el otro chico la merecía más que yo.
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Mis cuentos.
